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Fobia a perder el tiempo

La vida citadina hace que haya una fobia a perder el tiempo. Por eso se inventan aplicaciones de celular para ser productivos en los ‘tiempos muertos’. Y en los viajes ahora se planifica a dónde se irá, qué se verá y se hace una lista de qué es lo que tenemos que hacer. Si se va en un tour guiado, esa lista la hace alguien más por nosotros.

Es decir, si no planificas tu viaje de turismo, estás perdiendo el tiempo y si pierdes el tiempo, estarás perdiendo dinero. Así, los viajeros suelen regresar más cansados de lo que se fueron, pero con las ‘baterías recargadas’. Sigue leyendo

El placer de viajar

El placer que obtenemos de los viajes depende en mayor medida de las condiciones anímicas con las que vamos que del destino de nuestro viaje. Bastaría con abordar nuestros escenarios habituales con la disposición del viajero para que estos enclaves se revelasen de no menor interés que los desfiladeros y las selvas repletas de mariposas de la Sudamérica de Von Humboldt.

—Alain de Botton, en El Arte de viajar.

Marbella, puerta de entrada a la Costa del Sol


Marbella es una ciudad consentida por el turismo que busca playa, sol y tranquilidad. Se ha desarrollado como centro turístico importante desde la década de 1950, cuando gente famosa y adinerada descubrió sus playas y comenzó a visitarla a menudo.

Fundada por los romanos 1.600 años antes de Cristo, durante el mandato musulmán adquirió el nombre de Marbi-la, de donde se cree que deriva el nombre actual. Su arquitectura de estilo árabe-mediterráneo guarda memoria de este período.

En total, Marbella ofrece 27 kilómetros de litoral, compuesto por 24 playas. Las principales son Calahonda, La Badajilla, La Fontanilla, San Pedro de Alcántara, Venus y Rio Verde (Puerto Banús). Aparte de la belleza de sus playas, su clima agradable -19 grados centígrados de promedio- y sus 320 días de sol, seducen a sus visitantes.

El casco antiguo incluye el antiguo amurallado, el Barrio Alto y el Barrio Nuevo. En el amurallado se encuentra la Plaza de los Naranjos, alrededor de la cual están la casa consistorial, la casa del Corregidor y la Ermita de Santiago, el templo más antiguo de la ciudad.

Entre el mar y el casco antiguo está el ensanche histórico en donde se encuentran el Paseo de la Alameda y la Avenida del Mar, paseos imprescindibles. En la Avenida del Mar hay diez escultura de Salvador Dalí y hermosos jardines.

El Puerto José Banús, mejor conocido como Puerto Banús, se encuentra a 7 kilómetros de Marbella y es el destino de lujo por excelencia. Tiendas y restaurantes de lujo, barcos impresionantes y visitantes importantes y adinerados le dan a Puerto Banús todo el glamour del caso.

Foto: Wikipedia.

La novedad del destino

Lo que buscamos al viajar es esa sensación de asombro que produce la novedad, el cambio del lugar donde vivimos a un sitio con calles distintas y gente nueva.

El rostro del turista recorriendo la ciudad en donde vivimos a veces nos sorprende: no podemos entender qué le encuentran de fascinante al lugar por donde pasamos todos los días.

Cuando ocurre que nos asentamos en el lugar visitado, poco a poco la novedad se va desvaneciendo y todo lo que nos parecía asombroso al principio ya no lo es tanto. Empezamos a ver los problemas y defectos y nos comienzan a molestar. Ya formamos parte del entorno y ahora nos vuelve a sorprender la fascinación de los turistas.

Es por eso que son necesarios los viajes, para encontrarnos siempre con la novedad, para imaginarnos cómo seríamos nosotros viviendo otro lugar, sabiendo que no nos vamos a quedar. Sabiendo que si migramos, la novedad se termina. No es lo mismo turismo que migración y eso está bien.

El viaje comienza antes de hacer maletas. Comienza desde que pensamos en un destino, lo buscamos en Google, consultamos una agencia de viajes online y decidimos que iremos. Al aterrizar en el destino lo que hacemos es contrastar la realidad con la imagen mental que hicimos antes de salir. Esa comparación a veces es afortunada: lo que vivimos es mejor de lo que imaginamos. Otras veces no es tan afortunada porque las fotos no tenían nada que ver con la realidad, nos atienden mal en el hotel o nos estafa un taxista.

Idealizamos siempre nuestros viajes de placer,  a eso apuntan los operadores de turismo.

No importa cuán fascinante o frustrante haya sido nuestro último viaje, la naturaleza del viajero será buscar siempre un nuevo destino. Y de ese destino haremos una imagen mental que contrastaremos al llegar. Dejando a un lado el dinero, nosotros no elegimos el destino  más conveniente, escogemos un sitio en donde nos gustaría estar. Lo imaginamos, nos imaginamos a nosotros mismos en él, y con esa idea empacamos nuestra maleta. Los viajes no son más que la gran fascinación por la novedad, por la idea de que debe haber un lugar (o muchos) en donde las cosas son si no mejores, al menos de otra forma.

García Márquez y la vergüenza de ser turista

No sé de dónde viene la vergüenza de ser turista. A muchos amigos, en pleno frenesí turístico, les he oído decir que no quieren mezclarse con los turistas, sin darse cuenta de que, aunque no se mezclen, ellos son tan turistas como los otros. Yo, cuando voy a conocer algún lugar sin disponer de mucho tiempo para ir más a fondo, asumo sin pudor mi condición de turista. Me gusta inscribirme en esas excursiones rápidas, en las que los guías explican todo lo que se ve por las ventanas del autobús, a la derecha y a la izquierda, señores y señoras, entre otras cosas porque así sé de una vez todo lo que no hay que ver después, cuando salgo solo a conocer el lugar por mis propios medios.

—Gabriel García Márquez, en El País

En busca del paisaje perfecto

Los atardeceres y amaneceres son los reyes de las fotos pasajísticas. Siempre ha habido una especial atracción por la belleza de las playas o las montañas, por el canto de las aves, la frescura del bosque. ¿Por qué sentimos esa atracción hacia esos lugares? Aún y cuando nos molesten los mosquitos o prefiramos la ciudad, esas fotos siguen viéndose lindas, como invitándonos a buscar ese lugar.

Ese placer de observar el paisaje no sólo viene de su belleza. Tiene que ver también con que lo que necesitamos como humanos para sobrevivir se encuentra en abundancia en esos lugares. En un bosque, bien podemos vivir cosechando los frutos de los árboles y cazando animales. En la playa o a la orilla de un lago o río tendremos alimento y en caso de los lagos y ríos, agua dulce para satisfacer nuestras necesidades. Cuando vemos esa abundancia de recurso, además de su belleza, nos sentimos entonces tranquilos, como deben haberse sentido los primeros humanos que habitan esos parajes. De ahí viene esa tranquilidad, de saberse cobijado por la naturaleza.

La niña viajera

Una de mis escenas favoritas de la literatura es la última de El guardían entre el centeno de J. D. Salinger. El protagonista, el rebelde adolescente Holden Caulfield, ha decidido huir y dejar atrás a su familia, pero quiere despedirse antes de su pequeña hermana Phoebe. Va al colegio en donde estudia y no la encuentra. Pero ella aparece por ahí decidida a irse con él. Aquí un fragmento de la escena. Phoebe tiene 10 años en la novela, pero yo siempre me he tomado la libertad de imaginármela de 2 o 3 años menos.

Quería ver a Phoebe antes de echarme al camino. Tenía que devolverle su dinero y despedirme y todo eso.

Al final la vi venir a través de los cristales de la puerta. Era imposible no reconocerla porque llevaba mi gorra de caza puesta. Salí y bajé la escalinata de piedra para salirle al encuentro. Lo que no podía entender era por qué llevaba una maleta. Cruzaba la Quinta Avenida arrastrándola porque apenas podía con ella.

Cuando me acerqué me di cuenta de que era una mía vieja que usaba cuando estudiaba en Whooton. No comprendía qué hacía allí con ella.

–Hola -me dijo cuando llegó a mi lado. Jadeaba de haber ido arrastrando aquel trasto.

–Creí que no venías -le contesté-. ¿Qué diablos llevas ahí? No necesito nada. Voy a irme con lo puesto. No pienso recoger ni lo que tengo en la estación. ¿Qué has metido ahí dentro?

Dejó la maleta en el suelo.

–Mi ropa -dijo-. Voy contigo. ¿Puedo? ¿Verdad que me dejas?

–¿Qué? -le dije. Casi me caí al suelo cuando me lo dijo. Se lo juro. Me dio tal mareo que creí que iba a desmayarme otra vez.

–Bajé en el ascensor de servicio para que Charlene no me viera. No pesa nada. Sólo llevo dos vestidos, y mis mocasines y unas cuantas cosas de ésas. Mira. No pesa, de verdad. Cógela, ya verás… ¿Puedo ir contigo, Holden? ¿Puedo? ¡Por favor!

De viajeros y turistas

La manera de abordar un viaje es distinta según cada persona. Hasta se han creado dos bandos, los viajeros y los turistas. Claro está que todo el que se mete a esa discusión se coloca a sí mismo en el bando de los viajeros. Un viaje que no sea de trabajo debiera reducirse a buscar las opciones que podemos pagar y disfrutar a nuestro modo. ¿Qué más da si yo quiero tomarme una foto en cada monumento? ¿Está prohibido acaso?

Creo que la manera más adecuada de viajar no pasa por las agencias de viaje tradicionales, que llenan los días de lugares y experiencias. Prefiero planificar yo mismo mi viaje, y si me da la gana levantarme tarde en París, pues hacerlo. El concepto es viajar para vivir, y no vivir para el viaje. No se trata de “aprovecharlo todo” o “verlo todo”, se trata simplemente de disfrutar. Me gusta observar cómo se comporta la gente, comparándola contra mi propio comportamiento. Hay lugares más de estilos de vida relajados, hay otros más frenéticos.

El problema viene cuando uno encuentra su propia manera de hacer las cosas y quiere imponerla. No sólamente compartirla o argumentarla, imponerla cuando vamos acompañados. ¿No es demasiado negarse a tomar una foto con la Torre Eiffel atrás sólo porque no va con nuestra filosofía? ¿No será mejor comprar un billete con una agencia tradicional si sale más barato?

Claro que podemos ir por la vida haciendo lo que queramos. Pero si decidimos hacerlo acompañados, habrá que ceder, o trabajar para convencer. No ser tan estrictos con los demás ni con nosotros mismos. Se trata al fin y al cabo no sólo de disfrutar los parajes o la belleza de los edificios, sino también de disfrutar los viajes en compañía.

Por eso, amigo viajero, no juzgue demasiado a los turistas. La próxima vez que los vea tomarse la foto en el monumento de turno, no los condene. Si le piden tomar la foto, sonría y hágalo con gusto. Disfrute usted también.

 

Cerrar los ojos y escoger destino

Una imagen clásica del mundo de los viajes es una persona (a veces un niño) frente a un globo terráqueo que gira. La persona se tapa los ojos con una mano y con la otra, con el globo girando, con el dedo índice detiene el giro. El país o lugar hacia donde señale el dedo índice será el destino escogido para viajar.

Antes de la era de internet, cuando la información no fluía a la velocidad en que lo hace ahora, lo usual era ir a la biblioteca y buscar en una enciclopedia la información del destino señalado por el ejercicio con el globo. Aunque no viajé mucho de niño, me recuerdo haciéndolo en la biblioteca de mi casa e imaginando aventuras en los países que mi dedo índice señalaba.

Escoger al azar el próximo podría agregar emoción y un poco de aventura a nuestro próximo viaje. Un viaje no empieza cuando abordamos el vehículo que nos transportará, comienza cuando decidimos a dónde ir y hacemos lo necesario para hacerlo posible. Comienza cuando en nuestra mente fantaseamos sobre cómo será estar en ese lugar, su gente.

Cualquier viajero debería hacer el ejercicio del azar sobre un mapa o un globo terráqueo. Luego buscar viajes en internet al lugar escogido. Conocer a través de la tablet cómo es el lugar, qué atractivos tiene. Empezar a viajar antes de abordar el vehículo. Como siempre habrá que ver si es posible hacer el viaje según nuestros ingresos, o si deberíamos ahorrar para hacerlo en el futuro.

¿Tu presupuesto no da para hacer el viaje transocéanico que tu índice señaló? Bueno, tampoco se termina el mundo. Puedes hacer el mismo ejercicio con un mapa de tu país. Recuerdo a una joven pareja de viajeros madrileños (Javier y Lucía) que conocí hace algunos años. Decidieron viajar por toda España. Cada destino lo elegían tirando dardos sobre el mapa de la península, con los ojos cerrados. Esto hacía, según me contaron, que sus viajes fueran más emocionantes y que conocieran lugares interesantes, evitando muchas veces las aglomeraciones de los grandes destinos turísticos del país. A Javier le parecía emocionante viajar de aquella manera. A Lucía le parecía romántico.

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